El futbol, una pasión que se hereda de padre a hijo

Hoy más que nunca me acordé de mi viejo, un hombre fuerte y trabajador que se fue de este mundo hace algunos años a causa de su azúcar, la cual derivó en pie diabético y un conjunto de complicaciones terminaron con su vida, dejando un hueco enorme en mi vida y en la de muchas otras personas. Pero a veces lo siento en mí, cuando veo un partido de futbol o cuando grito y canto en el estadio, la pasión que hierve en mis venas es la que él me heredó desde que estaba en el vientre de mi mamá.

Dicen que los bebes pueden escuchar y sentir todo lo que pasa afuera, quizá eso me sucedió a mí. Mi madre me cuenta que cuando yo aún era un feto, mi padre le pintaba la barriga con los colores de su equipo y veía los partidos por televisión como si estuviera en el estadio. Le daba indicaciones a los jugadores, insultaba al árbitro, cantaba las porras del club y cuando anotaban gol, los celebraba e iba a besar la panza de su esposa. Como si toda esa pasión fuera contagiosa, se adentró en el cuerpo de mi mamá y la absorbí como alimento.

Por más que mi madre trató de evitar que mi padre me impusiera el gusto por el futbol, ya lo traía en las venas. Desde que nací mostré gusto por el balón y mi viejita tuvo que ceder, tendría a dos amantes del futbol en casa. Mi padre no tardó demasiado en llevarme a un partido de futbol, lo hizo cuando tenía apenas tres años, la verdad es que no recuerdo mucho de ese día, pero me cuentan que estaba muy emocionado, riendo e imitando a los barristas de la porra de nuestro equipo, quienes me aceptaron como un integrante más. Pero fue a los seis cuando volvimos a ir, ya con una mente más desarrollada para recordarlo, y recuerdo que al entrar al majestuoso inmueble quedé apantallado y cuando escuche a las porras alentando no pude contener las lágrimas. Todo el encuentro trataba de gritar más fuerte que mi papá, pues dicen que el alumno debe superar al maestro.

“Hijo, algún día iremos al Mundial”, me decía. Se nos fueron tantos países por la falta de dinero y la salud de mi padre que empeoraba día a día. Lo que ganaba en mi trabajo era para apoyar en la casa, en los medicamentos y en una que otra escapada a un estadio de futbol. A pesar de su deteriorado estado de salud, nunca dejó de alentar como en su época de juventud, ahora yo bajaba la voz para que fuera él quien más se escuchara.

“Yo creo ya no vamos a ir a un Mundial”, me dijo después del último partido que vimos juntos dentro de un estadio de futbol. No pude contener las lágrimas y sólo abracé a mi viejo. “Espero algún día tu cumplas el sueño de ambos”, agregó. Hoy compré tres boletos para Rusia, mi esposa, mi hija (que salió más pambolera que nadie en el mundo) y yo iremos a ver a la Selección. Va por ti, mi querido viejo.

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Accidente en cámara lenta

No sé qué le sucede a mi cerebro, pero en algunas situaciones de la vida cotidiana veo las cosas como si estuvieran en cámara lenta. Cada detalle que pasa frente a mis ojos logro captarlo, incluso aquellos que normalmente no son del todo perceptibles para el ojo humano, como una mosca volando a gran velocidad. ¿Se imaginan ver un accidente con este ‘don’? Pues yo lo vi y quiero compartirlo con ustedes, pues fue una de las experiencias que más me han marcado en lo que llevó de vida.

Caminaba por una de las calles de Polanco después de un día de trabajo bastante pesado y estresante, por lo que preferí olvidarme del transporte público e irme a casa a pie, fumando un cigarro y disfrutando del aire que golpeaba mi rostro con frialdad. Las hojas de los árboles se movían con fuerza, haciendo un ruido rasposo que se asemejaba al de una lija tallando sobre la madera. Las voces de niños jugando ante la mirada atenta de sus madres, quienes aprovechaban para platicar con otras mujeres que ahí se encontraban. Cuando me disponía a cruzar la calle, el sonido estridente de un claxon activo el modo ‘slow motion’ de mi cerebro y comenzó la funcion.

El conductor de un Seat rojo hizo honor a lo que significa dicho color y con pasión intentó avisar al chofer de un camión de carga que los flejes con los que sostenía varillas metálicas se estaba aflojando, pues el material que llevaba sostenido comenzó a menearse, lo que no debería hacer. Cuando logró ponerse del lado del tráiler mientras estaba en  rojo el semáforo y gritarle lo que estaba sucediendo, el señor que conducía el monstruo de 18 ruedas no le hizo caso y al ver el verde encenderse, arrancó con gran potencia y este movimiento hizo que el fleje cediera y las varillas comenzaron a caer. La obra buena del día de quien manejaba el Seat se convirtió en el peor de su vida.

Al acelerar el tráiler provocó que un conjunto de su cargamento resbalara lentamente hacia la parte trasera, o al menos así lo vieron mis ojos, y otra parte de su carga se fue hacia un costado, el costado de la víctima, quien no pudo reaccionar. A través del retrovisor pude ver como el hombre abrió sus ojos, sorprendido por lo que iba a suceder, quizá vio pasar fragmentos de su vida. Intentó meter primera, pero ya era demasiado tarde, pues las varillas aplastaron su vehículo; sin embargo, el conductor parecía estar bien, pero el chofer del camión se dio cuenta de lo que sucedía al ver por sus espejos y se detuvo. Mala idea. Al frenar provoco un jaloneo en las varillas y una de ellas tomó una dirección extraña y se incrustó en paralelo en el vidrio del Seat, después en el torso del hombre y salió por la otra ventana. Parecía una brocheta y otra vez el claxon sonó y me devolvió a la realidad. Todo volvió a moverse a una velocidad normal, el bullicio de la gente se hizo presente y pude ver como la cabeza del hombre estaba sobre el volante, tocando el claxon, se había desmayado. Lo único que pude hacer fue llamar a la ambulancia.

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