La eterna lucha entre la razón y el corazón ha existido desde tiempos inmemoriales, ha generados millones de debates a lo largo y ancho del planeta Tierra. Hoy no fue la excepción, pues mientras visitaba con una amiga empresas que podrían ayudarnos con la renta de oficinas amuebladas surgió este tema que hoy les traigo con esta pregunta que quizá crean es demasiado fácil de contestar, pero no lo es del todo. ¿Quién miente, la razón o el corazón? Este cuestionamiento ya se lo hice a varias personas y todos me respondieron al instante que el corazón sería más mentiroso que el razonamiento. ¿Por el simple hecho de ser la razón? ¿Por supuestamente ser más pensante que el atrabancado corazón? Puede ser, pero no me convence.

Comenzaré diciendo que cuando hablo de razón me refiero a todas las ideas que invaden nuestra mente a la hora de tomar cualquier decisión. Esos pensamientos que te dicen por qué sí o porque no debemos hacer esto o aquello. Puede ser desde lo más simple como decidir si comemos una ensalada o una hamburguesa, pasando por decidir si nos aventamos a hablarle a la chica que tanto nos gusta, hasta decidir si aplicamos o no la eutanasia a algún amigo a familiar. Cuando me refiero al corazón envuelve a todos esos arrebatos que  tenemos sin pensar en las consecuencias, simplemente nos dejamos llevar por la emoción. Igualmente puede ir desde lo más simple como meternos a un examen sin estudiar sólo porque estamos felices por algo que nos pasó y nada nos importa, pasando por robarle un beso enfrente de sus amigos a ese chico que siempre te ha gustado, hasta atrevernos a robar algo de una tienda por la excitación del momento.

Pero generalmente los debates recurrentes o más fuertes entre razón y corazón son los que tenemos cuando involucramos al amor. Bien dicen que el amor irracional, igual que mi respuesta, al menos así podría parecerles. Yo pienso que la razón es la que nos miente más. ¿Por qué? Porque todo los acontecimientos de nuestras vidas sueles manipular nuestros pensamientos, llenándolos de miedos, de razonamientos absurdos, de excesos, excesos de darle vueltas a un mismo asunto, etc. Todo esto provoca que sobreanalicemos las cosas. Por ejemplo cuando conocí a una chica en la Universidad. Mi corazón se aceleraba cada que la veía, nos empezamos a llevar demasiado bien, después de un tiempo mi pequeña bomba de sangre me pedía que la besara, me gritaba que no teníamos nada que perder y todo que ganar, mi mente se llenó de fantasmas pasados, de rechazos antiguos y ponía de pretexto que no era la chica indicada para mí, que estaba fuera de mi liga, y le hice caso a mi cerebro. Tiempo después me enteré que yo también le gustaba a ella, pero ya fue demasiado tarde. El corazón se limitó a decir: “Te lo dije”.

El corazón puede ser impulsivo, terco, necio, pero siempre es natural, honesto. En cambio, la mente es manipulable, si alguien más puede manipularnos, imagínense nosotros mismos. Todo lo que nos suceda afectará la forma en la que pensamos y quizá no sea la verdad, simplemente una máscara para evitar sufrir lo que ya nos ha pasado.